Presentación

NUESTRO HORIZONTE HACIA EL 2015

“El espíritu del señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos;  a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del señor”  Lucas 4:18-19.

Entendemos que la misión es de Dios y la que nosotros somos copartícipes en ella por el llamado de Dios a su pueblo. Comprendemos que la obra del Espíritu opera en el llamado, en la conversión, en la instrucción y en la santificación (separar para).

Entendemos que Dios esta parcializado a favor de los pobres, y en el contexto colombiano, la IPC tiene razón de ser en la medida en que se compromete con la comunidad y sus realidades. La Buena Nueva no tiene que ver solo con el pronunciamiento de palabras sino con acciones relacionadas con  la sanación, la restitución, la conversión y la construcción de nuevas realidades más justas.

 

La IPC ha venido cambiando sustancialmente en los últimos años, no solo en la vida de los presbiterios, sino la dinámica misma de los entornos donde estos se desarrollan, lo cual afecta las comunidades y las relaciones que necesariamente se dan entre estas y las comunidades donde desarrollan su misión. Hoy tenemos una IPC más compleja que requiere lecturas y relecturas de sus desafíos frente a los cambios que se presentan. Nuestras estructuras han venido cambiando de sistemas sencillos a sistemas más complejos que  requieren mayor técnica y profesionalismo.

 

Nuestros modelos de iglesias han debido transformarse de tal manera que la comunidad local responda a las situaciones propias del medio donde desarrolla su misión mientras que la IPC como institución adquiere mayores responsabilidades en la vida social y política del país. La voz de la IPC alcanza una dimensión bastante fuerte en la comunidad internacional en temas cruciales de la vida nacional.

 

Estamos desafiados a la diversificación de recursos para ejecutar diferentes programas que en otros tiempos no eran parte de la misión. Ahora la Misión de educar tiene un carácter más amplio y complejo, que va mas allá de dar una escuela dominical, se trata de llevar la esencia de lo reformado hasta los diferentes espacios educativos, tales como los colegios, la universidad, centros formativos y de estos, a la vida en los campos, la ciudad y el país.

 

El incursionar en programas de autogestión para pequeñas comunidades de desplazados y familias desarraigadas de sus tierras y levantar la voz a favor de los que han sido víctimas de la violencia.

 

El incorporar a la vida de la iglesia programas sociales y cívicos que involucran jóvenes, mujeres hombres comprometidos en la defensa de la vida.

 

El ingresar al mundo comercial empresarial, lo cual requiere de una nueva interpretación de la misión en la administración responsable de los recursos con que cuenta la IPC en cada uno de los presbiterios.

 

El participar activamente en procesos políticos en los pueblos, ciudades y tener posiciones y acciones frente a temas electorales en el país.

 

Los desafíos de ser reconocidos por la comunidad ecuménica e internacional como una iglesia progresista, liberal abierta a los cambios que requiere el mundo moderno. Manteniendo un alto perfil participación con las organizaciones de la familia reformada y el mundo ecuménico.

 

En medio de todo este panorama de desafíos que nos presenta la realidad del contexto colombiano en temas de la economía, la política, la proliferación de expresiones religiosas, la salud pública, las consecuencias de la contaminación del medio ambiente, la pobreza, etc. Llevar una buena noticia tiene una significación más amplia que solo predicar.

 

La misión de la Iglesia es la Misión de Cristo, y esta está asentada en la responsabilidad que asumimos los creyentes en forma individual y colectiva y por lo tanto la misión debe estar expuesta a revisiones permanentes. De lo contrario,  terminemos siendo  sordos, ciegos, cojos, etc. sin buenas noticias.

 

El Sínodo ha elaborado un Plan de Misión, articulado con los presbiterios, en él están definidos los objetivos estratégicos y la ruta de acción, pero esté debe ser articulado con la base de las comunidades eclesiásticas nutridas y fortalecidas. Es así como nuestros desafíos empiezan por la necesidad urgente de fortalecer la base de las comunidades eclesiales, ya que es allí en donde se concretiza el discurso, es allí donde se hace visible o se produce el fruto de la palabra proclamada.

 

Luego entonces cuando la comunidad eclesial entera entiende y encarna la misión de llevar buenas noticias se ejerce una legitimidad profética y un caminar articulado entre las líneas institucionales. El equilibrio entre la iglesia institucional y la iglesia comunidad es fundamental para el desarrollo de la misión. Éstas deberán fundirse en la esencia de la naturaleza del Evangelio para que realmente se puedan dar respuestas como buenas Nuevas a las situaciones que así lo están aclamando en nuestro contexto colombiano.

 

Rev. Diego Higuita.

Secretario Ejecutivo

Febrero, de 2014.

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